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Cuánto de cierto y cuánto de falso hay en todo lo que nos rodea. Cuánto de cierto y cuánto de falso hay en nuestras propias vidas. Las verdades absolutas demostradas por décadas o siglos, a veces, son borradas de una plumada, o para decirlo en lenguaje actual, de un solo clic; otras, lo son para cada cual, y si son mantenidas a hierro y fuego, seguro nos llevan a la tumba, o bien, se pueden acomodar según la necesidad de los tiempos o del bolsillo.
Cuántas veces nuestros ídolos políticos, religiosos o deportivos se nos derrumban al descubrir a su público, que el discurso con el que nos atraparon, fue sólo eso, y al igual que la fruta desabrida, después de traspasar la hermosa cáscara y llegar a lo profundo, nos desilusionaron. Entonces, sobre qué sustento el hombre actual puede apoyar la carga de ser ciudadano del siglo XXI, si gran parte de sus verdades y verdaderos, no son más que espejismos que lo distraen. En mi parecer, es la “familia” la única posibilidad de retornar a lo cierto, y para eso, entiendo por ella no sólo la que nos ha dado la existencia y el alimento, sino que especialmente la que se preocupa de acompañar desde siempre y por siempre a cada uno de nosotros, la que no transa en el amor para cada uno de sus miembros y no vende el cariño a cambio de la última tecnología, la que se da el tiempo para escucharnos y darnos el oportuno consejo, aunque a veces suene a sermón, la que entiende que somos diferentes y nuestros caminos deban abrirse, la que siempre está alerta a cada gesto que delate lo malo que nos pueda estar sucediendo. Esta familia es la que hoy corre peligro grave de desaparecer, y nadie parece advertirlo, seamos pues, los encargados de recuperar esta verdad, de volver a los tiempos en que era importante compartir la mesa en familia, y de escuchar a los hijos y a los viejos también, dejemos por un momento esta apariencia de personas desarrolladas tecnológicamente, y volvamos a la profundidad de la simpleza humana.
Francesco Panzagrossa
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